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miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL CONTRATO SOCIAL POPULISTA - (Parte II)

Carátula de El Leviatán de Hobbes
CONTRATOS Y "CONTRATOS":

Este post es la segunda parte de una reflexión motivada por un artículo de Eduardo Fidanza publicado en el diario La Nación. El autor combina de forma arbitraria dos conceptos que remiten a la filosofía política y a la política respectivamente: Contrato Social y Populismo. La profundización de esos conceptos y su conexión con la realidad actual -según mi mirada particular- constituyen el contenido de esta segunda parte. (la primera parte confronta al artículo en sí)

Este post, un poco extenso, se puede dividir en dos partes. En la primera repaso -muy por encima- la evolución de la noción de contrato social, que en su versión moderna denomino, contrato social neoliberal, los que no estén interesados en estos detalles históricos pueden saltearse esta parte e ir directamente al párrafo titulado Utopías y Realidades.

La metáfora del "contrato" -que usa Fidanza- es de tradicional y amplia utilización por el pensamiento liberal, desde su propio origen y evolución como concepto, en Hobbes (1588, 1679), Locke (1632, 1704) y Rousseau (1712, 1778), sucesivamente. Suelen apelar discursivamente a estas ideas, muy abstractas, como si ellas representaran la clave para entender la política, la sociedad y el Estado, incluso modernos, como si esas condiciones de posibilidad, de surgimiento y aplicabilidad de los conceptos a la realidad, no hubiesen cambiado radicalmente. Como si la historia se hubiese detenido también para la filosofía, no solo para la economía o la ideología.

En el concepto de "contrato social" hay una evolución que lo lleva desde una concepción del Estado autoritaria y absolutista; cuya función principal es en Hobbes el control social, donde la razón del Estado reside en la fuerza, a una liberal en Rousseau -quien toma muchos elementos del individualismo de Locke- y que sustituye la coerción directa por un acuerdo entre el gobernante (en su caso, un monarca) y los ciudadanos (en su caso, los súbditos) donde estos últimos renuncian a su estado natural de libertad en función de un beneficio que, en concreto, resulta ser una protección para la naciente burguesía, aquellos que tienen más para perder si los súbditos se revelan. La diferencia que marca a Rousseau y que lo hace tan influyente, es la concepción de un Estado donde el poder reside en el pueblo, independientemente de la forma de gobierno -monarquía o aristocracia- adoptada. Según él el que legisla es el pueblo y en él reside en última instancia el poder.
Modernamente la noción de contrato social fue retomada por John Rawls (1921,2002), catedrático de Harvard, en su libro Teoría de la Justicia y en otros posteriores como Liberalismo Político. Rawls parte de David Hume, de Rousseau y de Kant. Su teoría ha sido criticada por considerársela defensora del status quo capitalista. Entre sus críticos se encuentran Robert Wolf un ex colega suyo de Harvard y Jurgen Habermas. A Rawls puede considerárselo, en el campo de la filosofía política, el pensador estrella del neoliberalismo.

UTOPÍAS Y REALIDADES:

Pasa con esta utopía rawlsiana de un estado tecnocrático y "neutro", creación espontánea de una sociedad humana de individuos libres y auto regulada, que tiende por sí sola a la justicia social, un poco de lo que pasa en la economía clásica con el concepto de mercado y la competencia ideal, simplemente no hay forma de incluir en ella la realidad de los monopolios y los oligopolios. La misma o parecida dificultad surge cuando se intenta aplicar la noción de Contrato Social Liberal a un mundo dominado por tendencias nacionales y supranacionales globalizadoras. En el mejor de los casos estas idealizaciones representan utopías, bellas o espantosas (distopías), pero muy alejadas de la realidad actual, donde operan enormes poderes que se proponen -aunque no lo digan- borrar todo resto de democracia real, soberanía nacional o libertad individual, distinta del mero comprar esto o aquello, que pretendan ejercerse en cualquier parte del mundo.
A unas orillas -no las nuestras, claro- donde se dice que ya  han arribado tres oleadas democratizadoras, le está siguiendo una dramática retirada del mar, un cambio de tendencia. Europa, el gran experimento democrático moderno, lo está experimentando actualmente en su periferia; en cambio nuestra américa latina está disfrutando de una época de democratización que, por su densidad y duración, no tiene precedentes en su historia.

La demasiado débil diferencia con otras épocas imperiales y otros imperialismos pasados es que éstos, los actuales, solo recurren a la violencia para obtener sus objetivos cuando es imprescindible, lo que sucede, lamentablemente, con demasiada frecuencia. Si pueden, prefieren la penetración y dominación cultural, ideológica y económica. Una gran, gran zanahoria, acompañada de un gran, gran garrote.
Observen la única ilustración de este post que es -a pesar de los siglos transcurridos desde su creación- muy iluminadora en su simbolismo. Miren al Leviatán esgrimir una enorme espada en la mano derecha y el símbolo de la autoridad divina en la otra y, claro, entre ellas su testa coronada. Trasladado, es un retrato simbólico del poder del Estado neoliberal -sin importar la forma de gobierno que se adopte- y del moderno capitalismo globalizado como disciplinador de las masas.

Sin embargo, algunas sociedades-nación se resisten a desaparecer, a disolverse en ese "mejor de los mundos posibles" que se les ofrece. Esgrimen variadas razones, tantas quizás como pueblos-nación existen en el mundo. Algunos lo hacen por religión, otros en defensa de tradiciones que no son confesionales, otras porque prefieren gobernarse a sí mísmas antes que ser gobernadas por otros. En las mismas sociedades ya colonizadas y sometidas surgen grupos inorgánicos y variopintos que se resisten a firmar el "contrato" engañoso, se los llama con justicia -pero también con una buena dosis de ambigüedad- indignados. Falta que identifiquen con claridad qué los indigna y actúen en consecuencia. Las cacerolas sonando en manos indignadas, si son muchas, pueden voltear gobiernos, ha pasado, pero por sí solas no alcanzan para voltear al sistema de dominación, ni siquiera para sacudirlo.

Pero cuando un Pueblo-Nación se une, como está sucediendo ahora mismo en Cataluña, el sistema tiembla. Frente a la inmensa manifestación cifrada en un millón y medio de personas ocurrida en Barcelona en conmemoración de la Diada y que tuvo un carácter fuertemente independientista, llena de las queridas banderas históricas y ni una de la monarquía, el diario El País le dedicó un editorial que comienza diciendo: Diada histórica: La exhibición de fuerza del independentismo exige una respuesta política de Gobierno y oposición. Me quedo con un párrafo, que bien puede hacerse extensivo al país vasco y que lo juzgo un intento bastante parcial y prejuicioso de explicar el fenómeno del resurgimiento de los nacionalismos: "Cuenta, es cierto -dice el editorial- la emergencia de unas nuevas generaciones, desacomplejadas y sin miedo ni memoria, que ven en la crisis europea una ventana de oportunidad para una Cataluña que prescinda de España." (el subrayado es mío). Este tipo de indignación, que -contraria a la desmemoria que rápidamente se le atribuye- arraiga en lo profundo de derechos e identidades conculcados, es de otro tipo, mucho más sólido y pone de manifiesto tendencias centrífugas muy fuertes que se tenían por adormecidas. Habrá que esperar la respuesta de la derecha no catalana, que de seguro la habrá y no será contemplativa, puede calmar los ánimos o exacerbarlos.

Aunque se trate de otra dimensión, hay algo de cierto en lo que dice Fidanza, nuestro politólogo aficionado, solo que no hay detrás del engaño ningún contrato ni medianamente escrito, ni siquiera es posible votar en contra o a favor de él en el nivel en que se lo formula. Las bondades del mundo globalizado de la experiencia neoliberal e imperialista no están puestas en discusión, ni en debate, ese es "el contrato" implícito. Lo que se discute, ridiculiza y condena son los intentos de apartarse del sendero inevitable y excluyente marcado de antemano por los AMOS del mundo. Ellos ponen y sacan gobiernos en la periferia de las porciones incluso desarrolladas del mundo, ni que decir de las pobres, como en un tiovivo continuo, da igual de quien se trate, del signo político que sea, los delegados administradores del sistema son fusibles y fungibles, se gastan y se los reemplaza, lo que no cambia es "el modelo", "el sistema", "la estructura", "el contrato", los que no dejan de mandar -en realidad- son ellos, los AMOS.

Es el Leviatán moderno en acción, bestial de verdad, enorme, como nunca se atrevió a imaginarlo el mismo Hobbes. Capaz de ocultar el sol con su (in)humanidad, enloquecido, hambriento, sediento, brutal, soberbio, ciego, devorador, sangriento.

Vestido con las ropas vistosas del progreso y la modernidad, de la eficacia y la racionalidad, derramando ipads, iphones, Cruceros de lujo, Misiles crucero, paradisíacos Paraísos Fiscales, Ajustes Fiscales impiadosos, Drones, Guantánamos, Asesinatos extrajudiciales, Ejes del Mal, Misiones Divinas, Cristos vengativos, Gurúes del individualismo y muchos otros regalos por el estilo. Tómelos o jódase, esa es la consigna.

¿Será acaso que hay que decretar la muerte de la política, de los partidos políticos convertidos en cáscaras vacías, de la democracia, reducida a una mera formalidad?.
Pensar eso y actuar como si fuese un hecho ineluctable sería admitir la derrota total, la entrega de nuestros cuerpos a la máquina picadora de carne. Pensemos simplemente en el mundo que le dejaríamos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Imposible. Inaceptable.

EL PODER DE LO NACIONAL:

El mundo se ha globalizado o, mejor, mundializado, que no es lo mismo, aún el progreso de la dominación no se ha completado, por suerte. Y crecen por todas partes fuerzas que se le oponen. Sin embargo, se puede estar en contra de este proceso pero no queda más remedio que cabalgarlo. Estar en contra, aislarse y no oponerse a él por temor a la represalia sería como estar en contra del aire que respiramos y dejar de respirar. No se puede.

No podemos escapar a la mundialización, vivimos en ella y, además, tiene algunas ventajas, pero podemos también, mejor, debemos, explotar al máximo las oportunidades que aún existen de conservar una identidad nacional, un territorio propio, unas fronteras geográficas y culturales, defenderlas, consolidarlas, abrirnos a las identidades semejantes, compartidas, construir bloques plurinacionales y/o regionales que nos hagan más fuertes en nuestra identidad y le hagan más difícil al Leviatán su brutal tarea uniformadora. Impedir que acabe de construir un mundo unipolar, obligarlos a tolerar y, si es posible, a respetar la diferencia de eso se trata.

Podemos aprovechar los avances y rechazar lo que no nos convenga. No son los dueños del progreso. Podemos y debemos decidir por nosotros mismos sin pedir permiso, sin importarnos las condenas o los aplausos. Ya lo hemos experimentado, mejor equivocarnos por nosotros mismos y corregir, que equivocarnos por seguir los mandatos de otros. El que hace algo si tiene el visto bueno de los AMOS, o consulta su opinión antes de hacerlo, está equivocado. El que se pone a su servicio y opera para ellos, lisa y llanamente es un traidor.

EL CONTRATO SOCIAL POPULISTA:

Al emitir su voto el ciudadano elige -en la medida que puede- entre diversas propuestas y deposita su confianza, no solo ni exclusivamente atendiendo a programas explícitos en los que pocos reparan y los menos cumplen, sino a los valores simbólicos que las acompañan y a la experiencia social que está adherida a ellas y, particularmente, a sus líderes. Todo esto sucede no en el ámbito tranquilo de la reflexión sino en medio del bombardeo permanente de una campaña política que no cesa nunca.

Se vota, además de un candidato o candidata, una pertenencia simbólico partidaria que supone una historia. El que vota no espera que se cumplan estrictamente ciertos planes u objetivos detallados, el votante es inteligente, sabe que la política es el arte de obtener el máximo de beneficios bajo condiciones de posibilidad que son cambiantes y que ningún mapa detallado construido de antemano puede contener. No confía en los programas explícitos. Confía en las personas, confía en las adscripciones partidarias, confía -más de lo que concede Fidanza- en el valor de la palabra cumplida.

De una forma increíble por lo burda, Fidanza, que tiene la desfachatez de citar fuera de contexto a Ernesto Laclau (*), excluye del ámbito de lo público a cosas tales como "mejoras tangibles en el trabajo, las jubilaciones, el poder de compra, los subsidios y los planes sociales".

Los convenios colectivos de trabajo que fueron restituidos por el gobierno kirchnerista han sido y son una pieza fundamental en el mantenimiento del poder de compra de los salarios en conjunto con la gran paritaria que es la Mesa del Salario Mínimo; las jubilaciones volvieron a existir para la inmensa mayoría de nuestros mayores porque este gobierno estatizó las AFJP; los subsidios y los planes sociales son parte integrante de las políticas sociales inclusivas, transitorias, pero absolutamente necesarias en un país desvastado por la aplicación de las políticas neoliberales que Fidanza defiende.

Se podrían agregar muchas más muestras de políticas sociales que nos han devuelto la existencia de "lo público" y la presencia fundamental y dominante del Estado en ese ámbito, como la estatización de las acciones de YPF en manos de Repsol. Fidanza dice que estamos "viendo languidecer a (nuestros) hijos en la escuela pública", además de constituir un increíble desprecio hacia los trabajadores de la educación, lo dice justo de este gobierno que triplicó el presupuesto dedicado a Educación, Ciencia e Innovación Tecnológica, que construyó más de un millar de nuevas escuelas, varias bilingues, respetando las lenguas originarias, repartió un millón de netbooks en toda la geografía nacional dando acceso a millones de compatriotas a las modernas posibilidades de la mundialización de las comunicaciones, repatrió cientos de científicos, dignificó su función social, repensó y modificó la relación entre la investigación científica y el desarrollo productivo y muchos otros etcéteras que mezquinamente olvida u oculta.

Para Fidanza, "lo público" parece limitarse a lo que sucede en la calle, es decir confunde "el espacio de lo público" con el "espacio público", como Macri, que cree que construir bicisendas es hacer política social y tratar a las personas en situación de calle como delincuentes es hacer política de seguridad.

El contrato social populista le devuelve al ciudadano excluído la dignidad individual y colectiva, no solamente reivindica, sino que efectivamente reconstruye el espacio de lo público, lo renueva y lo amplía, ese que usted, Fidanza, confunde con, meramente, el espacio público.

Justamente es en ese espacio público donde se manifiesta habitualmente la militancia -lo que parece con frecuencia molestarles- y, en ocasiones, como ocurrió en las fiestas del Bicentenario, lo hace el pueblo en su inmensa variedad, los ciudadanos y los hermanos de otras latitudes felices de compartir la alegría de ser argentinos o de vivir y ver crecer a nuestros hijos en este bendito suelo. Les molestan los espacios de uso público y gratuito, como Tecnópolis o el Fútbol Para Todos, más aún si son convocantes.

ESE ES NUESTRO CONTRATO SOCIAL POPULISTA. Fírmelo si quiere, no es obligatorio, puede firmar el que le guste, nosotros los populistas defendemos la democracia y el derecho a elegir y ser elegido.

A lo que sí podemos aspirar es a que se nos devuelva lo que nos robaron mediante la violencia y el desprecio absoluto por la voluntad popular.

Aspiramos a que se nos devuelva la Constitución Nacional de 1949, particularmente sus Capítulos III y IV que establecen respectivamente, los derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad, de la educación y de la cultura y la función social de la propiedad, el capital y la actividad económica.

Esa Constitución es nuestro Contrato Social Populista. Es nuestra declaración de principios.

Es imprescindible que toda nuestra juventud la conozca, la debata, la critique, la actualice y la haga suya.

(*) Para conocer el pensamiento de Ernesto Laclau es adecuado recurrir a su libro La razón populista. En 2005, La Nación, lo entrevistó, de sus respuestas y también de las preguntas que le formuló la periodista, podemos obtener tanto información de primera mano con respecto a la forma en que Laclau comprende el populismo, como una percepción de cuánto ha perdido en profundidad, en tan pocos años, la discusión sobre su contenido y vigencia actuales.

Lo que Fidanza presenta como populismo, apenas alcanza a ser una mala y pobre caricatura. Lo que son políticas públicas que amplían derechos y ciudadanía se convierten bajo esta mirada estrecha en formas espúreas de comprar votos y la presencia de la militancia en la calle o en otros espacios públicos es vista como un impedimento molesto a la libre circulación o una intromisión impropia. Con ese nivel de análisis no se llega a comprender nada del populismo, ni siquiera para criticarlo.

En la entrevista que cito, Laclau hace algunas precisiones muy valiosas sobre el significado del populismo, de las que extraigo unas pocas que me parecen particularmente reveladoras:

- La crítica clásica al populismo está muy ligada a una concepción tecnocrática del poder según la cual sólo los expertos deben determinar las fórmulas que van a organizar la vida de la comunidad.

- Frente a la concepción tecnocrática del poder está la noción de la política como antagonismo, es decir, la emergencia de demandas sociales que se plantean a un cierto sistema. Esas demandas sociales constituyen un pueblo y el pueblo se constituye siempre en su oposición al poder.

- En el campo social hay grupos corporativos muy atrincherados, grupos económicos, empresarios, también grupos sindicales, muy fuertes. Pero hay sectores de la población que tienen un grado de integración y de identidad corporativa mucho menos consolidada, sectores marginales. Cuando esto ocurre, es necesario que la función de los líderes políticos no sea simplemente expresar intereses que ya están constituidos, sino ayudar a la constitución de esos otros intereses que han estado marginados.

- En el momento en que esas masas se lanzan a la arena histórica, lo hacen a través de la identificación con cierto líder, y ése es un liderazgo democrático porque, sin esa forma de identificación con el líder, esas masas no estarían participando dentro del sistema político y el sistema político estaría en manos de elites que reemplazarían la voluntad popular.

- Liberalismo y democracia no son términos que tiendan naturalmente a coincidir. Fue necesario todo el largo y complejo proceso de las revoluciones y reacciones del siglo XIX para alcanzar un equilibrio en ciertas formas que pasaron a ser llamadas liberal democráticas, como formas más o menos estables. Pero esa integración nunca se logró en la historia latinoamericana. Nosotros teníamos un liberalismo oligárquico que respetaba las formas liberales pero tenía una base clientelística que impedía toda expresión a las aspiraciones democráticas de las masas.

- El mapa que los EE.UU. hacen de América (aquí se refiere a la condena del auge del populismo en la región) tiene que ver con el mapamundi global que está tratando de establecer la política de Bush, tratar de crear una frontera ético-política que divida al conjunto de la humanidad entre el terrorismo y el no terrorismo cuando, por otra parte, el terrorismo es definido en forma tal que nunca son claros los actores que entran dentro del campo del terrorismo. Por otro lado, a nivel internacional, la tendencia de toda esta orientación de derecha es crear un mundo unipolar y eso es lo peor que podría pasar para las posibilidades democráticas de países como los nuestros.

- Si la Comunidad Europea se transformara en un interlocultor político cada vez más activo, si China empezara a participar también en el cuadro de opciones internacionales, entonces realidades como las del Mercosur podrían empezar a jugar estratégicamente. Esta va a ser la gran apuesta de los próximos años en política internacional. (recordemos que la entrevista es del 2005, nada mal, ¿no?).

Ernesto Laclau, desmenuza en un artículo publicado muy recientemente por Espacio Iniciativa, la interesada dicotomía entre Institucionalismo y Populismo, que plantean quienes se oponen a muchos de los procesos democratizadores abiertos en américa latina, donde el primero aparece como el depositario de la vigencia de la república y la racionalidad, en tanto al segundo le atribuyen el predominio del autoritarismo y la arbitrariedad.

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